martes, 20 de marzo de 2012

Se me olvidó mi nombre.

La lluvia me despertó con su ritmo vivo de otoño en el tejado de la buhardilla que brillaba y olía a sábado sonriente, y cerré la vieja ventana envolviéndome en su amplia chaqueta gris que olía a mate y a libros. Marcela dormía en el sofá plácidamente con el amanecer en la cara, y la cubrí con la manta.
Nos conocimos ayer. El autobús volvía repleto hacia el Escorial con el júbilo de un viernes, y en mi parada subí torpe, cargada de carpetas y de lluvia, ajustándome como pude a su lado.
Yo tenía esa edad imprudente e inexperta que llena de curiosidad los bolsillos vacíos y las horas ociosas.
Era morena y hermosa. Olía a madera, a institución, ese olor con el que enceran iglesias y universidades. Su rostro delataba el paso de un fuerte acné en otro tiempo y sus ojos eran profundos y tranquilos como un lago en plena noche. Acariciaba un ejemplar de Ovidio que llamó mi atención.
Hablamos durante todo el trayecto, y mientras un meloso acento argentino acariciaba sus palabras, yo jugaba con mi pelo húmedo aún, e intentaba no parecer torpe e ignorante.
Era profesora, era culta ,me sacaba más de veinte años y en ese instante, por alguna razón parecía necesitarla.
Al llegar a mi destino, sujetó con ternura mi mano. -Quédate- susurró. Y me traspasó su mirada
Incapaz de formular una excusa que no resultase infantil, accedí, y enseguida nos adentramos en el centro del pueblo. Me observaba y me sonrojé. No sé porque me dió por pensar que se fijaría en cómo se agitaban mis pechos bajo la blusa al pasar por las calles de adoquines. Era una sensación nueva, un sentimiento imprevisto.
Subí tras ella hasta el último piso de un edificio del centro. Olía a rancio, a provisional, el desorden organizado de quien está de paso. La mesa atestada de libros y notas dejó espacio suficiente para tomar un café, que preparó con rapidez en una vieja hornilla. Un gato perezoso se apoyó sobre mis piernas y su calor me animó a quitarme las botas para sentir el tacto nudoso y seco de la madera del suelo. La vieja estufa de leña, empezó a caldear el ambiente crujiendo y lanzando pequeños y lastimeros quejidos. El café me reconfortó, y nuestra conversación se avivó como el fuego hasta caer la noche, mis dibujos esparcidos por el suelo, libros de poemas, mis historias, su tesis…las risas y las historias mezcladas homogéneas y en armonía de una mujer que vivía intensamente y una niña que empezaba a sentir.
-Tengo que marcharme- dije al ver que caía la tarde. -Quédate- volvió a susurrar. Quédate conmigo- repitió mientras apartaba el pelo con dulzura de mi cara.-No tengas miedo, no quiero nada de ti, solo tu compañía.
- Tengo pareja, en Argentina, y no voy a engañarla.-Sus ojos chispeaban sinceridad. - Yo estoy enamorada -contesté- y no voy a engañarme. - ¿ De veras? - Verónica, mi compañera de clase- confesé sonrojada-.
Sonreímos, y suspiré aliviada. No quise preguntarle qué pensaría si supiese que estaba con una joven esa noche, y me contesté que no era de mi incumbencia. Pensaría lo mismo que mi madre si se enterase.
Cenamos ensalada y pastel de patata. El vino y el calor de la estufa encendió mis mejillas hasta dolerme, mientras dimos un paseo por la historia del arte. Y nos sentimos cómplices y felices hasta que nos venció el sueño sobre la alfombra.
No quise despertarla. Estaba hermosa a la luz del amanecer. Busqué mis botas y mi abrigo, y salí sigilosa hacia la escalera de madera ruidosa que crujía bajo mis pies, cerrando con cuidado.
Peinaba mi pelo con los dedos, mientras rebuscaba en el bolso la llave, pensando en qué excusa pondría en casa esta vez, cuando encontré una nota doblada curiosamente en forma de corazón.
“Me gustó tu sonrisa, después tus palabras, con esa forma tan graciosa en que dejas escapar el aire arrastrando las sílabas, también cómo juegas con tu pelo cuando te pones nerviosa…todo cuanto en ti guardas. Serás una gran artista, y una gran mujer…pero nunca sabré,-aunque seguro que sí- si me gusta tu nombre. Te recordaré, porque algo de tu alma se ha quedado conmigo.”
Días después volví. La puerta estaba cerrada, y un cartel de “se alquila” colgaba en la ventana. Hoy tendrá más de setenta años, y me preguntó qué habrá sido de su vida, y si de verdad recordará esa noche que dormimos abrazadas como dos extrañas conocidas,porque algo de ella se quedó tambien en mi para siempre.
El Escorial-1984

5 comentarios:

  1. Es un placer leerte Marga. Gracias por compartir algo tan bonito. Besines

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  2. Pues, las cosas bonitas perduran siempre en la memoria. Un texto hermoso.

    Un besazo.

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  3. Hay recuerdos que son inolvidables, y se reviven siempre en la memoria.

    Bonita historia!

    Abrazos alados, querida amiga.

    Y gracias por acordarte de esta humilde mariposa.

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  4. Te he dejado un regalito en mi blog, pasa a recogerlo cuando puedas...

    http://tamaravillanueva.blogspot.com.es/2012/03/blog-de-interes-besos-de-mariposa.html

    Un besazo.

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    1. GRACIAS por tu recomendaciópor tus palabras.Es un placer leerte y un privilegio haberte conocido.Pongo tu regalo en los dos blogs. Mil besos.

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